CARTA MALDITA
Acabo de recibirla ésta mañana.
Es la carta que llevaba meses aguardando. La veo ante mí, esperando ser
abierta. No puedo todavía descubrir su secreto. Como una víbora dispuesta a
saltar de debajo de una piedra. Su remite me llama pero no respondo; ANADIR
(Asociación de Afectados Pro Adopciones Irregulares).Acudí a ellos buscando
respuestas a mis preguntas acuciantes.
Ahora que soy vieja el mundo se
empeña en correr. Corren con sus móviles, con sus cartas sin papel, con las
noticias que envejecen a cada minuto y yo sigo mirando la ventana y
preguntándome qué fue de ti, pequeña niña que creciste en mis entrañas. Me
golpeó tu muerte nada más nacer. Soltera en el 68, embarazada mientras en Francia un mayo florido
despertaba. En esos instantes yo paría, desnuda, a la luz de un quirófano. La
comadrona soltó la mala noticia como quién se libra de un saco pesado: “ha
nacido muerta”, y te llevaron lejos de mí, sin poder ni siquiera ver tu carita
de cadáver inocente, tus ojos cerrados. Ni un llanto. Todo demasiado rápido.
Soñé con tu risa y con tu cara cuando todavía estabas en mi vientre, morena de
ojos negros que nunca alumbró el sol.
Luego vinieron esos meses de
soledad, de hastío, donde cada bocado que introducía en mi boca producía vómito
de ausencia. Las lágrimas amarillas que salieron de mi pasado y han llegado
hasta el futuro. Me quedé sentada en mi
sillón viendo pasar la vida. Sola, abandonada. Tú, Berta, mi niña, me habías
dejado antes de que mis pechos colmados de leche pudiesen llenar tu pequeño
estómago. Mis padres me expulsaron de la casa cuando aparecí embarazada y sin
marido. La deshonra. La muerte. El ostracismo del pequeño pueblo y la huída a
la ciudad. Limpiar casas, ser una criada, una sirvienta con vómitos matutinos.
Y suerte tuve. No fui una perdida que decía mi padre. “Acabarás en el arroyo”.
Pero no, no acabé en ningún arroyo. Criada, limpiadora de hotel, camarera,
luego la biblioteca, tras estudiar en una escuela nocturna. A partir de ahí le
en mi juego con la vida, gané. Pero nunca he dejado de imaginarme tu cara de
ángel muerto, ni he dejado de sentir tu ausencia.
Por eso mi niña, te sigo
esperando. No puedo creerme que nacieses muerta, llevo años pensando que te
robaron de mi lado, desde que ciertos rumores relacionan el hospital que te vio
nacer con la desaparición de bebés durante el franquismo. Empecé a escribirte
cartas por tu cumpleaños, ritual que llevo veinte años realizando. Los cuatro
primeros de tu existencia me dolía el pecho al coger la pluma y pensar en ti,
el silencio llenó mi vida, mis manos incapaces de escribir permanecían quietas
y calladas. Amarillean en una caja nacarada
junto con fotografías de entonces,
cuando crecías fuerte y sana en mi interior. Una pone tantas esperanzas
en la vida que crece dentro. Busca nombres, vestidos, cuna, pañales y luego una
nube negra lo cubre todo. Ayer cumpliste veinticuatro y te conté lo que me
pasaba, otra vez. Vuelvo a leer las cartas, repaso todas ellas, veinte en total
y veo el reflejo del tiempo y cómo se ha ajado mi alma, he tenido que hacerlo
antes de abrir la definitiva, en la que espero que me digan que te han
encontrado. Te cuento la vida en solitaria en la biblioteca, desde hace quince años
rodeada de libros que ya
no leo. De palabras que hacen llorar, reír, sufrir y disfrutar a los pocos
locos que siguen leyendo. Ahora me basta
con acariciar sus lomos, con ver sus portadas, con su olor a espliego. Recorro
con mis dedos sus páginas, intentando fundirme en su papel. Leí casi todos hace
tiempo, buscando evadirme de mi vida buceando en las suyas. Como no tenía amor,
leía “El amante de Lady Chatterley”, rememorando entre sus páginas el único
amor que he tenido en mi vida, tu padre. Estaba casado. Decidió seguir con su
matrimonio y yo me quedé contigo. No me arrojé del puente ni al molino, quería
tenerte, eras mía, crecías en mi interior. No dije quién era él, no lo sabe
nadie. Probablemente él respiraría tranquilo con tu muerte. No es fácil vivir
con tu mujer cuando una pequeña copia de ti mismo se pasea por el pueblo que
habitas. Por eso he llegado a pensar que quizá el tuvo algo que ver con tu
desaparición.
He pensado tanto en ello, en la
amistad que le unía a Juana. En la tranquilidad que gana alguien que se libra
de un bebé aunque con ello cubra el manto de muerte en el otro. En sus palabras
cuando le comuniqué mi embarazo: “Tenemos un grave problema”. Llamarte
problema, cariño. Incluso he llegado a creer que te vendió. Mi madre me dijo
que había cambiado de casa cuando te robaron. Una casa más grande, luminosa,
dónde disfrutar de mujer e hijas. ¡Cuantas noches he maldecido su vida! Me lo
quitó todo, juventud, honra e hija. Me dejó vacía y muerta desde hace
veinticuatro años, rememorando ese día, el de mi parto. Sin poder hacer
nada más que buscarte en la cara de los
bebés, los niños y los adultos con que me cruzo. Buscando su pelo, mi mirada,
sus manos, mis ojos, su mentón… sin encontrar nada.
Le he dado muchas vueltas a lo
ocurrido en esos días, y ahora, cuando he visto en la televisión a otros
familiares de desaparecidos que buscan a sus hijos, he pensado en ti con más
fuerza. Recuerdo la primera vez que me dijeron que Juana, la matrona, vendía
niños a familias de postín que no podían tenerlos. A mi me vino a visitar a
casa, cuando supo de mi embarazo. Me lo planteó como la solución perfecta, no
podría mantener el hijo así que me
ofrecía marcharme con ella durante los nueve meses de gravidez hasta el parto y
luego ella se ocuparía del bebé, “estará con una buena familia”, me dijo. De
hecho convenció a mis padres, la niña diremos que ha ido a hacer un curso de
peluquería fuera, e incluso puede hacerlo, luego a la vuelta nadie sabrá nada.
Era todo lo que mis progenitores necesitaban oír. Podrían recuperar a su hija,
me podría casar, ser una mujer de bien. La única que no quiso hacerlo fui yo.
El final de mi vida en mi pueblo. Creo que oí su voz en la habitación de al
lado cuando te llevaron de mi lado.
Fue hace dos meses cuando decidí
ponerme en contacto con ANADIR, les enseñé mis papeles, tu certificado de
defunción. Comprobaron que no estaba inscrito en el Registro Civil. Ese día
supe lo que antes ya intuía, supe que estabas viva, esperando que te
encontrase. Y empezó otra amargura, el no querer encontrarte, el pensar que tú estarías
feliz al lado de unos padres que son tuyos y yo, aparecería ante tus ojos como
una madre desnaturalizada, de esas que abandonan niños. De nada servirían mis
cartas y mis anhelos. No puedo abrir el sobre que espera, aunque sé que debo
hacerlo. Es una angustia íntima que me atenaza el alma. ¿Qué hacer cuando
encuentre en su interior la respuesta ansiada? ¿Cómo enfrentarme a tu cara?
¿Qué dirás al verme aparecer con la esperanza en las manos y el corazón roto
por las dentelladas del vacío? Dudas que
me angustian desde la primera carta, en la que me comunicaban la no inscripción
del fallecimiento en el Registro Civil.
Han trascurrido unos días desde
que dí mi saliva para las pruebas de ADN. Igual también me estás buscando. Es
la única esperanza que tengo de poder recuperarte, que en tu interior intuyas
que con quienes habitan no son tus padres, que estés también en la asociación.
Está mañana cuando el sobre esperaba en el casillero del buzón, he sentido un
pálpito de alegría. Sé que en su interior está la respuesta. Lo abro:
Estimada Adela:
Lamentamos comunicarle que no
hemos encontrado coincidencias entre nuestros asociados. No desespere, quedan
muchos todavía por llegar. Le informaremos de cualquier otra circunstancia.
Atentamente,
Mercedes
Acevido
Directora
de Comunicación
ANADIR.

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