viernes 25 de noviembre de 2011

La ineludible cita de los viernes



CARTA MALDITA

Acabo de recibirla ésta mañana. Es la carta que llevaba meses aguardando. La veo ante mí, esperando ser abierta. No puedo todavía descubrir su secreto. Como una víbora dispuesta a saltar de debajo de una piedra. Su remite me llama pero no respondo; ANADIR (Asociación de Afectados Pro Adopciones Irregulares).Acudí a ellos buscando respuestas a mis preguntas acuciantes.

Ahora que soy vieja el mundo se empeña en correr. Corren con sus móviles, con sus cartas sin papel, con las noticias que envejecen a cada minuto y yo sigo mirando la ventana y preguntándome qué fue de ti, pequeña niña que creciste en mis entrañas. Me golpeó tu muerte nada más nacer. Soltera en el 68, embarazada  mientras en Francia un mayo florido despertaba. En esos instantes yo paría, desnuda, a la luz de un quirófano. La comadrona soltó la mala noticia como quién se libra de un saco pesado: “ha nacido muerta”, y te llevaron lejos de mí, sin poder ni siquiera ver tu carita de cadáver inocente, tus ojos cerrados. Ni un llanto. Todo demasiado rápido. Soñé con tu risa y con tu cara cuando todavía estabas en mi vientre, morena de ojos negros que nunca alumbró el sol.

Luego vinieron esos meses de soledad, de hastío, donde cada bocado que introducía en mi boca producía vómito de ausencia. Las lágrimas amarillas que salieron de mi pasado y han llegado hasta el futuro.  Me quedé sentada en mi sillón viendo pasar la vida. Sola, abandonada. Tú, Berta, mi niña, me habías dejado antes de que mis pechos colmados de leche pudiesen llenar tu pequeño estómago. Mis padres me expulsaron de la casa cuando aparecí embarazada y sin marido. La deshonra. La muerte. El ostracismo del pequeño pueblo y la huída a la ciudad. Limpiar casas, ser una criada, una sirvienta con vómitos matutinos. Y suerte tuve. No fui una perdida que decía mi padre. “Acabarás en el arroyo”. Pero no, no acabé en ningún arroyo. Criada, limpiadora de hotel, camarera, luego la biblioteca, tras estudiar en una escuela nocturna. A partir de ahí le en mi juego con la vida, gané. Pero nunca he dejado de imaginarme tu cara de ángel muerto, ni he dejado de sentir tu ausencia.

Por eso mi niña, te sigo esperando. No puedo creerme que nacieses muerta, llevo años pensando que te robaron de mi lado, desde que ciertos rumores relacionan el hospital que te vio nacer con la desaparición de bebés durante el franquismo. Empecé a escribirte cartas por tu cumpleaños, ritual que llevo veinte años realizando. Los cuatro primeros de tu existencia me dolía el pecho al coger la pluma y pensar en ti, el silencio llenó mi vida, mis manos incapaces de escribir permanecían quietas y calladas. Amarillean en una caja nacarada  junto con fotografías de entonces,  cuando crecías fuerte y sana en mi interior. Una pone tantas esperanzas en la vida que crece dentro. Busca nombres, vestidos, cuna, pañales y luego una nube negra lo cubre todo. Ayer cumpliste veinticuatro y te conté lo que me pasaba, otra vez. Vuelvo a leer las cartas, repaso todas ellas, veinte en total y veo el reflejo del tiempo y cómo se ha ajado mi alma, he tenido que hacerlo antes de abrir la definitiva, en la que espero que me digan que te han encontrado. Te cuento la vida en solitaria en la biblioteca, desde hace quince años rodeada de libros que ya no leo. De palabras que hacen llorar, reír, sufrir y disfrutar a los pocos locos que siguen leyendo.  Ahora me basta con acariciar sus lomos, con ver sus portadas, con su olor a espliego. Recorro con mis dedos sus páginas, intentando fundirme en su papel. Leí casi todos hace tiempo, buscando evadirme de mi vida buceando en las suyas. Como no tenía amor, leía “El amante de Lady Chatterley”, rememorando entre sus páginas el único amor que he tenido en mi vida, tu padre. Estaba casado. Decidió seguir con su matrimonio y yo me quedé contigo. No me arrojé del puente ni al molino, quería tenerte, eras mía, crecías en mi interior. No dije quién era él, no lo sabe nadie. Probablemente él respiraría tranquilo con tu muerte. No es fácil vivir con tu mujer cuando una pequeña copia de ti mismo se pasea por el pueblo que habitas. Por eso he llegado a pensar que quizá el tuvo algo que ver con tu desaparición.
He pensado tanto en ello, en la amistad que le unía a Juana. En la tranquilidad que gana alguien que se libra de un bebé aunque con ello cubra el manto de muerte en el otro. En sus palabras cuando le comuniqué mi embarazo: “Tenemos un grave problema”. Llamarte problema, cariño. Incluso he llegado a creer que te vendió. Mi madre me dijo que había cambiado de casa cuando te robaron. Una casa más grande, luminosa, dónde disfrutar de mujer e hijas. ¡Cuantas noches he maldecido su vida! Me lo quitó todo, juventud, honra e hija. Me dejó vacía y muerta desde hace veinticuatro años, rememorando ese día, el de mi parto. Sin poder hacer nada  más que buscarte en la cara de los bebés, los niños y los adultos con que me cruzo. Buscando su pelo, mi mirada, sus manos, mis ojos, su mentón… sin encontrar nada.

Le he dado muchas vueltas a lo ocurrido en esos días, y ahora, cuando he visto en la televisión a otros familiares de desaparecidos que buscan a sus hijos, he pensado en ti con más fuerza. Recuerdo la primera vez que me dijeron que Juana, la matrona, vendía niños a familias de postín que no podían tenerlos. A mi me vino a visitar a casa, cuando supo de mi embarazo. Me lo planteó como la solución perfecta, no podría mantener el hijo así que  me ofrecía marcharme con ella durante los nueve meses de gravidez hasta el parto y luego ella se ocuparía del bebé, “estará con una buena familia”, me dijo. De hecho convenció a mis padres, la niña diremos que ha ido a hacer un curso de peluquería fuera, e incluso puede hacerlo, luego a la vuelta nadie sabrá nada. Era todo lo que mis progenitores necesitaban oír. Podrían recuperar a su hija, me podría casar, ser una mujer de bien. La única que no quiso hacerlo fui yo. El final de mi vida en mi pueblo. Creo que oí su voz en la habitación de al lado cuando te llevaron de mi lado.

Fue hace dos meses cuando decidí ponerme en contacto con ANADIR, les enseñé mis papeles, tu certificado de defunción. Comprobaron que no estaba inscrito en el Registro Civil. Ese día supe lo que antes ya intuía, supe que estabas viva, esperando que te encontrase. Y empezó otra amargura, el no querer encontrarte, el pensar que tú estarías feliz al lado de unos padres que son tuyos y yo, aparecería ante tus ojos como una madre desnaturalizada, de esas que abandonan niños. De nada servirían mis cartas y mis anhelos. No puedo abrir el sobre que espera, aunque sé que debo hacerlo. Es una angustia íntima que me atenaza el alma. ¿Qué hacer cuando encuentre en su interior la respuesta ansiada? ¿Cómo enfrentarme a tu cara? ¿Qué dirás al verme aparecer con la esperanza en las manos y el corazón roto por las dentelladas del vacío?  Dudas que me angustian desde la primera carta, en la que me comunicaban la no inscripción del fallecimiento en el Registro Civil.

Han trascurrido unos días desde que dí mi saliva para las pruebas de ADN. Igual también me estás buscando. Es la única esperanza que tengo de poder recuperarte, que en tu interior intuyas que con quienes habitan no son tus padres, que estés también en la asociación. Está mañana cuando el sobre esperaba en el casillero del buzón, he sentido un pálpito de alegría. Sé que en su interior está la respuesta. Lo abro:

Estimada Adela:

Lamentamos comunicarle que no hemos encontrado coincidencias entre nuestros asociados. No desespere, quedan muchos todavía por llegar. Le informaremos de cualquier otra circunstancia.

Atentamente,

                        Mercedes Acevido
                        Directora de Comunicación     
                        ANADIR.


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