"Los libros son mejores amigos que las personas decía el bibliotecario. A mí no me lo parece"
Annabel Pitcher nos plantea algo muy curioso en
"Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea", la vida de un niño
de diez años que pierde su hermana en un atentado terrorista musulmán. Y es
curioso ver cómo piensa Pitcher que un niño vería eso y lo bien que lo hace.
Acabas creyendo que realmente te cuenta la historia un niño de diez años. Y a
través de sus ojos ves la vida, una vida sin una hermana perdida hace cinco
años, todo un mundo para un niño tan pequeño, de la que apenas se acuerda, pero
tan presente en los gestos de los padres, en la separación de la familia o en
la mirada de su gemela que llena su vida. Porque las desgracias, sucedidas en
un minuto, llenan la vida de los adultos y de los niños aunque no se acuerden,
aunque no quieran acordarse o aunque lo vivido sea un mal sueño temporal. Las
llenan en el reflejo del adulto, en su dolor, en sus gestos y en su derrota. Y
al sentirse derrotados pasean entre alcohol y affairs. Y eso nos cuenta
Pitcher, el abandono al que se ve sometido Jamie. A su deseo sobre todo de ser
hijo, de que su madre sea el pilar en que agarrarse aunque haya desaparecido. A
que su padre sea un pilar sustitutivo pese a las botellas de vodka en la
basura. Y casi toda la novela anda de la mano de Jas, la gemela superviviente,
que vive sin sombra, pero se ocupa del Jamie, que le hace la tarta de
cumpleaños, que le acompaña en el gran partido de fútbol, en una palabra, que
ejerce de madre y padre.
Es una novela que nos habla sobre todo de
sentimientos, de las pequeñas miserias de la niñez. ¿Quién no lo ha pasado mal
en el colegio? ¿Quién no ha sido el paria y se ha sentado en el pupitre de
atrás? Pero además Jamie vive en un estado de invisibilidad permanente. Sólo
vive su hermana Rose, la hermana muerta. Y sus cajas de sagrado
y su urna encima de la chimenea. Y es en ese momento en el que planteas qué
harías tú si uno de tus hijos tuviese la terrible desgracia morir. Algo
implanteable. Algo demasiado doloroso hasta para ser pensado. Porque la vida no
sigue. Y al padre de Jamie le cuesta cinco años librarse de un fantasma
permanente. Y a cualquiera de nosotros quizá más tiempo. Y Jamie al final
entiende lo que es la muerte cuando muere su gato. Del dolor de la pérdida. Del
terrible vacío en el hueco del estómago. Ese final reconciliador, el darse
cuenta que pese a las dificultades su padre está a su lado hizo que saltasen
mis lágrimas. En parte porque ante la desgracia yo no tengo claro que camino
cogería, si preferiría la huída como la madre o permanecer anclada a una urna y
una botella.
Me ha gustado mucho. Es terrible que los hijos o
los hermanos vivan encima de la chimenea. Es terrible lo que puede pasar. Y no
se pierdan si deciden leerlo, la relación entre Jamie y la Chica M, una musulmana que
no debe ni puede cargar con la culpa de los terroristas, y piensen que quizá en
nuestro maniqueísmo todos tenemos enemigos invisibles que se tornan en amigos
si miramos debajo del hiyab o de la ideología.





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